Fármacos

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La Visión Interactiva de la Salud (ViS) prevé que, ante cualquier tipo de problema de salud, el organismo reacciona buscando un nuevo equilibrio con tanta decisión como alto sea el grado de salud. El constante proceso de reequilibrio del organismo ante cualquier alteración de la salud suele conllevar una oportunidad para mejorar la salud y de paso, de un modo más o menos directo, crear nuevas sinapsis y nuevos aprendizajes.

A la buena salud no se llega con intervenciones desde fuera del paciente, sino que es algo inherente al organismo humano, si mantiene hábitos e interacciones con los factores de salud ya mencionados. El grado de salud óptima se alcanza desde dentro del organismo, interactuando con el medio natural y social. Idealmente, si nutrimos nuestras células correctamente y evitamos las acumulaciones tóxicas, es posible extender la vida con bienestar, más allá de la media poblacional.

La intervención externa no es aconsejable

Con acierto, John H. Tilden[1] (21-01-1851_01-09-1940)) decía que “solo el ayuno, el descanso en la cama y dejar los hábitos que enervan, tanto mentales como físicos, permitirán que la naturaleza elimine las toxinas acumuladas (…) las curas e inmunizaciones por medicamentos son producto de la vanidad y de la impaciencia pues se fundan en el principio absurdo que razona a partir de los efectos hasta la causa -se descubre el órgano con crisis de toxemia, una úlcera de estómago y se extirpa, que es un cálculo biliar, la piedra se extirpa; que es un tumor fibroso del útero, se extirpa el tumor o el útero (…) El público acepta este razonamiento como un tratamiento eficaz cuando, de hecho, se trata de una eliminación absurda de los efectos. Y eso no es lo peor de tal torpeza: los cirujanos no tienen la más mínima idea de la causa que produce los efectos que con tanta habilidad ellos eliminan

Los medicamentos y las vacunas, más que curar, aumentan el grado de toxicidad que lleva a la enfermedad, afectan el metabolismo y bajan la energía vital, inhiben la capacidad natural de reacción buscando el equilibrio perdido, muestran efectos secundarios en ocasiones “peores que la enfermedad”, etc. El mal menor es que se administran en pequeñas dosis. Al ser sustancias extrañas, el organismo reacciona y esto se suele llamar “efectos secundarios”. Si se insiste en seguir tomando dicha sustancia, el cuerpo intentará minimizar el destrozo orgánico, pero a costa de quedar debilitado con lo que, progresivamente su respuesta defensiva será más débil.

La acumulación de sustancias tóxicas que provienen de los medicamentos, hace que aparezcan “efectos secundarios” de mayor deterioro para la salud que lo que se intenta sanar, y es cuando aparecen úlceras, alergias, infecciones renales o hepáticas, entre otros trastornos producidos por la intoxicación. Sin embargo, no parece interesar a la medicina actual realizar más investigaciones que cuantifiquen el impacto de la medicación extensiva en la salud.

La tolerancia a las drogas

Si ante la ingesta de un medicamento, el organismo reacciona, por ejemplo, con dolor, mareo o vómito, la medicina convencional lo suele interpretar como una prueba de intolerancia a lo ingerido más que como una forma de resistencia del organismo ante una agresión externa. Si el enfermo reacciona mal ante un medicamento, se ve como correcto insistir para que se vaya acostumbrando, y así, poco a poco, pueda tolerarlo e ingerirlo “sin peligro”. Una cosa es resistir y otra tolerar.

Se llega a pensar que un medicamento es dañino mientras el cuerpo resista activamente y trate de expulsarlo, y sólo cuando esta resistencia cese, es cuando el medicamento puede actuar eficazmente; cuando debería ser lo contrario, es decir, si no se expulsa es cuando resultara más dañino. No es que la resistencia haga que el medicamento pierda su potencial sanador, más bien es que, cuando ya es tolerado, el cuerpo pierde su poder para reaccionar con fuerza en busca de un equilibrio saludable.

La disminución de la capacidad de reaccionar del organismo se le suele llamar en el ámbito médico “tolerancia”. Un estado de aceptación que es valorado por el diseñador de la medicina como positivo, pero que no es nada bueno para el paciente que la tolera, pues está perdiendo una facultad ancestral y autónoma para mantener su salud.

Convencionalmente se suele pensar que, cuando se logra que el paciente tolere un medicamento por su ingesta continuada -cuando la resistencia vital ha sido reducida-, es cuando los efectos «curativos» del éste comienzan a actuar. Cuando el poder del cuerpo para resistir un veneno determinado se reduce, es menos capaz de «reaccionar» ante ese veneno.

La tolerancia, consecuencia de un proceso reiterado, puede generar cambios perniciosos que pueden ser fisiológicos o morfológicos. Por ejemplo, la actividad reiterada de trabajo manual puede llevar a crear un endurecimiento de la parte que sufre fricción en las manos, lo cual no es el resultado de la fricción, sino la reacción orgánica para afrontar la fricción. Esto hará que quede protegida la piel debajo del callo a costa de perder las valiosas propiedades de la piel en esa zona.

Consumir un condimento picante, si no hay costumbre, hace que todo el sistema digestivo sufra a su paso desde la boca al recto. Si se persiste, los efectos irritantes van disminuyendo hasta que al final se tolera. El problema es que entonces, las paredes interiores del tracto digestivo se vuelven más gruesas y se endurecen lo que hace que el gusto se sesgue y la digestión pierda su correcta funcionalidad. Lo mismo ocurre con el alcohol, el tabaco, el café, la sal, y demás drogas habituales. Al tolerarse parece que todo va bien, pero la acumulación tóxica no cesa, hasta que, en un momento dado, aparece la enfermedad como caída del cielo. En realidad, se ha debido a un cúmulo de malas decisiones para la salud.

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