Resiliencia

La resiliencia mejora el grado de salud

En la medida que se intensifican y diversifican las interacciones con el medio natural y social, los fundamentos de la ViS perciben la resiliencia como un concepto más, que amplía e implementa la noción de salud. En efecto, este aumento de la interacción hace que los procesos de asimilación y acomodación se intensifiquen, así como los de perturbación y reequilibración. Dado que vivir en la “zona de confort” limita seriamente las interacciones con el medio, se suele ligar la resiliencia con salir de esa zona.

En general, en estos procesos se amplía la capacidad de asimilación de la diversidad y se aumenta el grado de salud, sin descartar que algunas interacciones tengan resultados negativos. Esta mayor interacción que supone la resiliencia, va conformando una relación más óptima entre el organismo y el medio, siempre que las interacciones estén dirigidas por el buen conocimiento del sujeto, del medio, de sí mismo y de su salud.

Veamos pues las diferentes definiciones que se han dado al término resiliencia para, finalmente, sacar algunas conclusiones que permitan mejorar el grado de salud.

El concepto de resiliencia

El concepto es sencillo de definir: “la resiliencia es la capacidad para adaptarse positivamente a situaciones adversas”, pero su significado es tan nutritivo y tan lleno de significado, que permite una rica variedad de versiones y conclusiones, sin perder su esencia. La resiliencia a nivel individual es también la capacidad para superar circunstancias traumáticas como la muerte de un ser querido, un accidente, entre otros.

Actualmente, la resiliencia se aborda desde la psicología centrándose en las capacidades, valores y atributos positivos de los seres humanos, y no en sus debilidades y patologías, como lo hace la psicología tradicional. Esta nueva visión se acerca más al término de “entereza”cuando se supera un conflicto y se sale finalmente fortalecido.

Las personas más resilientes tienen mayor equilibrio emocional frente a las situaciones de estrés, soportando mejor la presión. Esto les permite una sensación de control frente a los acontecimientos y mayor capacidad para afrontar retos. Esa capacidad se pone a prueba en situaciones como la pérdida inesperada de un ser querido, el maltrato o abuso psíquico o físico, la enfermedad crónica limitante, el abandono afectivo, el fracaso, las catástrofes naturales o la pobreza extrema.

El concepto resiliencia admite aplicarse en una diversidad de contextos, por ejemplo, en ecología, como la capacidad de las poblaciones y ecosistemas de absorber perturbaciones sin alterar significativamente sus características de estructura y funcionalidad, pudiendo regresar a un estado de equilibrio funcional, por lo que un ecosistema será tanto más resiliente cuanta más diversidad de especies y nichos contenga; en materiales, como la capacidad de recuperarse cuando cesa el esfuerzo que causa la deformación; en arte, como la capacidad de la obra de arte para conservar su sugestión a pesar del creciente subjetivismo; en sociología, cuando se estudia cómo los grupos sociales se sobreponen a los resultados adversos, reconstruyendo sus vínculos internos para que no fracase su potencial sinérgico.

Extendiendo el significado

Hasta ahora el resiliente lo ha sido para los problemas que le llegan en su quehacer cotidiano. También es posible mostrar a un sujeto más activo con una nueva versión del concepto de resiliencia, donde no solo afronta problemas que le vienen sino aquellos otros que aparecen en el camino buscando sus sueños y metas: “capacidad que desarrolla el individuo al afrontar una diversidad de situaciones adversas con actitud de superación. Unos retos se los impone el medio y, otros son los obstáculos, más o menos intencionados, cuando se pretende lograr las metas soñadas o ansiadas”. Se acepta con valentía el reto. En este proceso, el sujeto aprende a ser más capaz y, probablemente, adquiere nuevos conocimientos.

El sujeto resiliente sostiene de forma voluntaria, y en todo momento, el ánimo, la actitud positiva y la acción, si es necesaria. Intensifica de forma voluntaria e intencionada su interacción con el medio, no tanto para ser más feliz sino para ser más capaz en sus vivencias ante las adversidades de la vida, o si se da el caso, luchar por sobrevivir. El resiliente se hace responsable de su identidad individual y, por extensión, de la social.

Se podría decir que el resiliente interactúa con la diversidad de la vida sin miedo, con valentía, coraje, decisión, confiando plenamente en sus valores, con la convicción de que tiene recursos cognitivos, afectivos y físicos para reaccionar, buscando el mejor equilibrio. Es creer que “siento que valgo” por lo que he hecho en otras ocasiones y por lo que puedo hacer en este nuevo reto, pero siempre con una actitud humilde pues conoce también sus limitaciones.

Mejorando el grado de Resiliencia

Se puede mejorar el grado de resiliencia, pues más que una cualidad innata dada por los genes, es algo que se desarrolla en la interacción con el medio, aunque es posible que pueda existir cierta predisposición a buscar con mayor o menor intensidad dicha interacción.

Todos podemos adquirir cierto grado de resiliencia, aunque esto también depende de las circunstancias particulares de cada historia personal para que la vida le haya puesto en mayores o menores aprietos, o que se esté más o menos dispuesto a luchar por los sueños propios.

El primer paso para mejorar la resiliencia es entender qué beneficios tiene salir de la “zona de confort”. Este concepto hace referencia al conjunto de sitios por los que estamos acostumbrados a movernos cotidianamente, con nuestras rutinas, hábitos, allegados e intereses. Son espacios donde, con mayor o menor grado, nos sentimos cómodos y donde se aposenta nuestro nicho confortable.

Si nuestra actitud es de estar acomodados en la zona de confort, apenas nos daremos cuenta de que el espacio vital se va cerrando, que se van cortando los contactos con el medio social y natural. Poco a poco, se van acentuando los miedos y entrando en una retroalimentación negativa que genera situaciones cada vez más problemáticas. La capacidad de asimilación del medio disminuye y los problemas se multiplican: eso es un callejón sin salida.

Los expertos sugieren salir de esa zona de confort, básicamente para aumentar las vivencias y buscar otras opciones vitales que nos permitan un mayor desarrollo personal, ampliando las capacidades con nuevas experiencias. Conociendo otras perspectivas y culturas, llegar a ser más tolerantes y, posiblemente, mejorar la autoestima.

Plantear un nuevo reto fuera de la zona de confort, genera cierto miedo, cierta previsión pesimista del resultado, Lo que lleva a inhibir la salida y nunca sabremos que pudo pasar aumentando las capas de cebolla del pesimismo. Es frecuente obtener un resultado positivo y satisfactorio cuando finalmente se terminan viviendo el reto. Esto repetido una y más veces hace subir la autoestima. No queda más que vencer los miedos y salir. Viviendo en esa zona confortable, aparecen ríos de problemas que no cesan y, al enfrentarse a ellos, con mayor o menor éxito, con más o menos dedicación, se aumenta nuestro grado de resiliencia.

Un segundo paso determinante para aumentar la capacidad resiliente ocurre cuando, de forma voluntaria, nos enfrentamos a nuevos problemas, saliendo de la zona de confort: soñar con salir, soñar con lo nuevo, imaginar vivirlo y terminar viviendo lo imaginado.

Cada quien desarrolla su historia personal en función de sus interacciones con su entorno natural y social, y no somos tan libres como creemos para elegir nuestro camino. Por supuesto que todos podemos subir en grados la capacidad resiliente, pero es poco probable que se de en mentes conservadoras y conformistas. Es necesaria una actitud más inquieta, indagadora y valiente, para plantearse salir de la zona confortable.

Soñar con lo nuevo, buscarlo y poner los medios para encontrarlo, aunque para ello haya que invertir tiempo. En vez de demorar o aplazar la salida, o mostrar una actitud floja o dudosa, es mejor tomar el proyecto de salida con ganas y de forma decidida, pensando seriamente en las herramientas que se deben tener para hacer la salida con éxito y echar tiempo en afilarlas.

Un tercer paso es conocer los valores del resiliente para desearlos para nosotros mismos:

Realistas y soñadores. Son personas realistas y conocen de forma acertada cuáles son sus capacidades y debilidades, y usan este conocimiento para diseñar sus metas. Sus sueños o intereses los analizan y evalúan en función de los recursos que disponen para lograrlos. Atesoran una razonable confianza en lo que pueden ser capaces, porque han salido airosos en retos anteriores. Su realismo y objetividad no es motivo para dejar su actitud optimista. Se podría decir que tienen un optimismo realista pensando que todo va a ir bien, pero sin dejarse llevar por ilusiones o fantasías.

Saben vivir el presente. Aunque se preparan a conciencia ante una futura salida, y consideran que lo aprendido en el pasado les ayudará en futuras escapadas, se centran plenamente en el presente, en la certeza de que es el mejor modo de lograr sus objetivos. Aceptan las experiencias tal y como vienen, y buscan sacar el mejor partido en cada situación. Hacen una gestión óptima y flexible entre el plan trazado y el acontecer del presente. Las circunstancias del presente no les hacen olvidar sus metas sin aferrarse obsesivamente, de modo que pueden cambiar flexiblemente de planes, o modificar de forma creativa los objetivos. Las personas resilientes son a la vez flexibles y tenaces. No cesan en su lucha, aunque ésta no sea visible desde fuera. Flexibles como el junco, pero tenaces para mantenerse en pie una y otra vez. La vida es un juego y lo importante es jugar. La adrenalina de la aventura anterior lleva a buscar nuevas oportunidades, retos y relaciones.

Siempre dispuestos a aprender. No están cerrados a nuevos aprendizajes, todo lo contrario, buena parte de su ánimo se lo da el saber que, ante un nuevo reto, pueden aprender cosas nuevas y con ellas a aumentar su grado de resiliencia. Saben que la vida puede pasar de ser simple a ser compleja en un momento, por lo que no es posible llevar el control de las situaciones en todo momento. Se acepta de buena gana la situación inesperada o azarosa, como parte del juego de la vida y, lejos de incomodar, se afrontan como oportunidad de tener nuevos aprendizajes, e incluso, sacar provecho de la nueva situación.

Empáticos y amigables. Valoran la relación con los demás como una oportunidad de alegría y aprendizaje mutuo, y más aún si son de culturas diferentes. Valoran y disfrutan las diferencias sin necesidad de hacer comparaciones y viven con intensidad y en tiempo presente el encuentro. Son conscientes de que, ante la dificultad, le pueden brindar ayuda y no dudarán en pedirla. Saben cultivar la amistad al que le dan un gran valor y afrontan los intercambios con alegría y humor. Son empáticos. Saben leer las emociones de los demás y conectar con ellas.

Ante lo difícil, actúan con calma. Son capaces de controlar sus emociones y mantener una actitud fría y calculadora ante fuertes situaciones adversas. Pueden permanecer centrados y en calma en situaciones de crisis y controlar sus impulsos en situaciones de alta presión. Saben que una actitud distante es el mejor estado para tomar las mejores decisiones y evaluar más adecuadamente la situación, cometiendo la menor cantidad de errores posibles. “Si te place, piérdete, pero cuida de tener recursos suficientes para volver”.

Los valores descritos están formulados de tal modo que parecen más propios de un superhombre, por lo que es necesario entender que en la realidad hay que relativizar dichos comportamientos. Así, la persona resiliente puede tener tantas debilidades como cualquier ser humano, los valores descritos aparecen en ciertos momentos puntuales ante retos sobresalientes, su actuación se da en grados de resiliencia y puede ser resiliente para unos aspectos de la vida y no para otros, en unas situaciones y no en otras.

Aun así, las personas más resilientes suelen tener una mejor autoimagen, suelen ser más optimistas, afrontan los retos sin eludirlos, son más sanas físicamente, tienen más éxito en el trabajo, su vida afectiva es más satisfactoria y están menos predispuestas a la depresión. Suelen tener confianza en el ser humano y en sus posibilidades, por lo que también son sensibles a los problemas sociales y ecológicos sobre los que tienen un alto grado de concienciación, asimilando con tolerancia la diversidad como algo propio de la vida.

Resiliencia y Salud

Mientras la resiliencia se refiere a la capacidad de la persona para asimilar situaciones conflictivas; la salud se centra en el equilibrio entre el organismo de la persona y la asimilación de los recursos que le ofrece el medio para mantenerse vivo. Parece, de entrada, que resiliencia y salud fuesen diferentes. Sin embargo, la ViS enfatiza una visión de la salud como la interacción equilibrada del organismo con su medio social y natural, percibiendo las interacciones para aumentar la capacidad resiliente, lo cual es de gran valor para mejorar la salud, pues logra intensificar y diversificar las interacciones con el medio para alcanzar las metas deseadas, y esto supone incrementar el grado de salud.

La actitud resiliente lleva no sólo a aumentar la capacidad de asimilar las situaciones más conflictivas, sino también ampliar el rango de asimilación de la diversidad del medio que supone una mayor nutrición desde los factores de salud. En concreto, el aumento de la capacidad resiliente permite:

  • Mayor interacción con los factores saludables. Movernos fuera de las zonas más domesticadas, como es el campo y la montaña, y movernos con cierto dinamismo (andando, salvando desniveles o corriendo), el organismo aumenta las interacciones con el sol, la tierra, el agua y el aire, que suelen tener menos polución que en zonas más confortables. Además, también por el sudor, damos oportunidad al cuerpo para desintoxicarse.
  • Mejora de la condición física. Salir de la zona de confort implica entrar en otros espacios no conocidos donde debemos estar activos para ser competentes y, el buscar nuevas metas o enfrentar nuevos retos, obliga a moverse para crear los medios necesarios. Este aumento de la interacción física permite un mejor riego sanguíneo de los diferentes órganos y en particular mejora la salud cardiovascular.
  • Robustece el sistema inmunitario. Si nuestra vida sale poco de la zona de confort, el equilibrio gérmenes-inmunidad es relativo a ese espacio limitado y presentará cierta precariedad apenas salimos de sus fronteras. El ser resiliente, que suele salir de este espacio de confort, interactúa con una mayor diversidad de gérmenes, a los que el sistema inmunitario reaccionará buscando un nuevo equilibrio. Cuando este proceso se repite una y otra vez, la mecánica inmunitaria se fortalece y adquiere un mayor rango de gérmenes donde actuar más eficazmente.
  • La maduración emocional mejora la salud. Al aumentar las interacciones sociales, se estimula la maduración emocional, gracias a la variedad de contactos con personas diferentes y a las vivencias en diferentes contextos grupales. Las mejoras emocionales hacen que la vida afectiva sea más satisfactoria y se está menos predispuesto a la depresión. Según la OMS un alto porcentaje de las enfermedades tienen origen psicosomático debido al fuerte vínculo cuerpo-mente, por lo que las mejoras psíquicas influyan positivamente en la salud.
  • Simula mejor las actividades ancestrales. La salida de la zona de confort para simular inteligentemente la vida ancestral es muy positivo para la salud, rompiendo la monótona continuidad por actividades que en esencia generan discontinuidad saludable como ejercicios de alta intensidad (pensar en las carreras del ancestro tras el animal que le va a alimentar o los esfuerzos físicos para volver a casa), las intermitencias de los ayunos (pensar las muchas ocasiones donde no había nada que comer), los cambios de dieta (pensar en que se comía de lo que había o lo que abundaba en cada estación), mayor contacto con el frío, la lluvia, el sol y el viento (pensar en que se requería el contacto natural para lograr la comida), retos y desafíos que creen cierto peligro controlado (pensar en el ancestro corriendo perseguido por un depredador). Los genes de los humanos en el proceso evolutivo fueron desarrollando estructuras biológicas para adaptarse a los desafíos ambientales que hay que ejercitar por pura coherencia natural.

Actualmente, la sociedad tecnológica y de consumo que se ha ido conformando desde hace ya más de 60 años, ha ido suavizando estos desafíos con el fácil acceso a los alimentos procesados. Esto hace disminuir la necesidad de esfuerzo físico para buscarlos y crea un estilo de vida que ha ido “durmiendo” la capacidad para la autocuración y la resistencia a enfermedades, con lo que ahora las personas son más vulnerables a padecer obesidad, diabetes, enfermedades cardiovasculares, cáncer o trastornos en las neuronas.

Desde la ViS se diría así: la tensión dialéctica con la que interactuaban los humanos con el ambiente ha disminuido ostensiblemente. Nuestros ancestros, estaban inmersos en una constante, intensa y elevada tensión dialéctica que mantiene y desarrolla las capacidades humanas para cazar, andar largas distancias, defenderse de los depredadores o aguantar el hambre.

La misma tensión dialéctica que en la actualidad es muy necesaria para destacar en cualquier deporte, mantener una óptima actividad intelectual para destacar en un determinado ámbito científico, comunicarnos eficazmente con los demás mediante un lenguaje fluido y rápido, prestar atención a la enseñanza para crear buenos aprendizajes. En definitiva, interactuar con cierta tensión dialéctica con la comunidad a la que pertenecemos hace que estemos más integrados y eso es sinónimo de más salud.

Los conceptos tensión dialéctica y resiliencia son muy similares. En general, los individuos que interactúan con su medio con baja tensión dialéctica, apenas salen de su zona de confort y su capacidad resiliente es baja. Salir de la zona de confort, intensificando las interacciones en espacios abiertos y menos domesticados, además de tener la posibilidad de aumentar la capacidad resiliente, nos ayuda también a tener un mayor grado de salud.